martes, 27 de enero de 2026

QUERIDAS LECTORAS QUERRIDOS LECTORES (ANAGRAMA 23 ENERO )

 


      Vaca Muerta, enorme yacimiento petrolero ubicado en Neuquén, al suroeste de Argentina, y que para algunos supone la        mayor esperanza para salir de la crisis.


El último día de 1999, pocas horas antes de finalizar el año, Juan Gutiérrez, un joven argentino de veintisiete años, soltero, sin hijos, buen jugador de fútbol, comió, salió a la calle, dobló la esquina y, a plena luz del día, a las siete y cuarto de la mañana, se ahorcó de un cable de la luz. «Esa noche, a las doce en punto, estalló el fin del milenio y en Las Heras hubo fiestas», escribe Leila Guerriero en Los suicidas del fin del mundo. «Nadie suspendió los encuentros, las comidas, el brindis de la medianoche.» Los vecinos ya estaban acostumbrados a que los jóvenes de ese remoto lugar de Argentina se suicidaran.


Las Heras es un pueblo del norte de Santa Cruz que resultó encontrarse a las orillas de uno de los yacimientos de petróleo más importantes de la Patagonia, al que muchísimos habitantes de Salta, Formosa o Catamarca llegaron buscando fortuna y futuro. Después de varios años de prosperidad petrolera, comenzó el proceso de privatización de los yacimientos en manos de la multinacional Repsol y ese paraíso artificial empezó a tener algunas fallas, hasta que llegó el desempleo y la decadencia: Las Heras terminó siendo un pueblo maldito. Como en Comala de Pedro Páramo, donde todos están muertos pero nadie lo dice, o en Santa María de Juan Carlos Onetti, el pueblo donde las cosas se pudren lentamente, o el también rulfiano San Juan Luvina, azotado por el viento y el abandono. Hay lugares en los que es mejor no vivir.


¿Son los lugares los que marcan a las personas o son las personas las que marcan los lugares que habitan?


El sociólogo alemán Georg Simmel afirmó en el siglo XIX que la ciudad moderna, saturada de estímulos, genera individuos defensivos, fríos, calculadores y distantes, que no se sorprenden ante nada y que padecen de una sensibilidad atrofiada. Algo similar afirmaría el sociólogo Loïc Wacquant cien años más tarde: en los barrios más degradados no solo se concentra la pobreza, sino que también se interiorizan los estigmas que la sociedad produce sobre ellos, hasta el punto de que sus habitantes se perciben a sí mismos como descartables. El lugar en el que naces y creces, dicen ambos sociólogos, articula la forma como te piensas a ti mismo.


El suicidio de Juan Gutiérrez el último día del 1999 era un suicidio más, otra muerte normalizada por ese pueblo entristecido, sumido en una decadencia implacable. Leila Guerriero descubrió este fenómeno por una noticia del año 2001, que anunciaba la aplicación de un programa de Unicef en el interior de Argentina, en una localidad donde se habían suicidado veintidós jóvenes en menos de tres años. «En este pueblo pasan cosas raras», le dijo un chico a Guerriero nada más llegar, «es todo por culpa de los indios enterrados que andan por ahí. Hay muchos indios enterrados acá.»


Pero más allá del pensamiento mágico existen los hechos: el ocaso de la tierra, la caída de sus vecinos, la privatización de los yacimientos, el desempleo insalvable, la pobreza implacable, y la afirmación del «no future» convertida en lema de vida. ¿Quién querría vivir allí? ¿Quién podría pensar que su vida, en ese trozo de tierra maldito, tenía sentido?.


Los suicidas del fin del mundo de Leila Guerriero se ha consagrado como la crónica maestra del periodismo latinoamericano. Publicada originalmente en 2005, se trata de una investigación ejemplar que se hunde en las profundidades de la pérdida, el dolor y la marginalidad en un pueblo que podría contar la historia de tantos otros, y lo convierte en literatura.

Novedades

De la semana


«Panorama de narrativas» arranca el año con Missitalia, la nueva novela de Claudia Durastanti. Tras el éxito internacional de La extranjera, la autora vuelve con un tríptico magistral de figuras femeninas que se rebelan contra la historia y sus destinos impuestos. Un relato visionario que combina western, espionaje y ciencia ficción.


Le sigue Cruz del Sur, de Claudio Magris, un libro sobrecogedor que nos habla de los límites de la experiencia humana a partir de las historias de tres personajes que decidieron marcharse al fin del mundo para huir de sí mismos. Ambas traducciones son de Pilar González Rodríguez.


En «Narrativas hispánicas» recuperamos Los suicidas del fin del mundo, el primer libro de Leila Guerriero y crónica maestra del periodismo latinoamericano y a la que hemos dedicado esta newsletter. Con precisión y sensibilidad, la autora de La llamada se adentra en la investigación de una serie de suicidios que sacudió a un pueblo de la Patagonia entre 1997 y 1999.


Continuamos con Las jefas, de Esther García Llovet, una comedia feroz y adictiva en la que tres mujeres y un manitas orbitan en torno a un resort en la Costa Blanca, donde el lujo kitsch, los caprichos imposibles y un caballo blanco desencadenan una odisea sentimental y criminal.


«Argumentos» trae Los comienzos, de Claire Marin, traducido por Álex Gibert. Un ensayo brillante (al que le dedicamos esta newsletter) a medio camino entre la filosofía y la literatura, que explora las incertidumbres, perplejidades y esperanzas que se entrecruzan en los momentos clave que reconfiguran el sentido de nuestras vidas.


En «Nuevos cuadernos Anagrama», Óscar Martínez, jefe de redacción del periódico digital El Faro, firma desde el exilio Bukele, el rey desnudo, un contundente e informado perfil de Nayib Bukele, el líder autoritario de El Salvador. 


«La Bella Varsovia» publica Al 2040, de Jorie Graham, probablemente la voz más importante de la poesía norteamericana actual. Narrado por alguien que reflexiona sobre su mortalidad, este libro nos invita a sentarnos en silencio y escuchar la respiración del suelo. La traducción es de Rubén Martín.


Para acabar, lanzamos el audiolibro La ley del menor, de Ian McEwan, traducido por Jaime Zulaika y narrado por Neus Sendra. Una novela cautivadora que habla del lugar donde justicia y fe se encuentran y se repelen; de la búsqueda de sentido, de asideros, y de lo que sucede cuando estos se nos escapan de las manos.

Pildoras

Para estar día

Escribir para conocer

Cuando Leila Guerriero decidió ir a Las Heras, conocía poco su historia. De hecho, llegó al pueblo a través de un comunicado del año 2001, algunos números de teléfono, un pasaje de avión de regreso a Buenos Aires y un puñado de nombres de los que no sabía nada. En el comunicado, se leía que veintidós jóvenes de entre dieciocho y veintiocho años se habían quitado la vida. Como Guerriero, otros escritores hicieron de la escritura una metodología de investigación y una forma de conocimiento: Truman Capote no conocía el asesinato de la familia Clutter hasta que leyó una nota breve en el periódico; Laurent Binet no sabía casi nada sobre la operación Antropoide antes de escribir HHhH; Colson Whitehead investigó en profundidad la red de solidaridad afroamericana de El ferrocarril subterráneo durante el proceso de escritura. En todos estos casos, la duda catalizó la escritura, y, la escritura, una suerte de descubrimiento.

                               Leila Guerriero © Ana Rodado.

La urbanopatía

En agosto del 2024, Anatxu Zabalbeascoa publicó un artículo en El País titulado «Leila Guerriero y la urbanopatía», en el que citaba al psicólogo José Covalschi, que entiende la urbanopatía como una ecoenfermedad que se da cuando una persona pierde el impulso vital. «Aparece cuando alguien se siente sin nadie en quien confiar. También cuando la exigencia hiperproductiva no deja espacio para el descanso. Y, seguramente, cuando no se puede vivir una vida significativa que aporte al bien común.» Guerriero lo expone sin ambages: «Es un sistema jodido que te deja expuesto, sin posibilidad de sostén. Hay un vacío, un dolor, y no hay sentido». ¿Qué es lo que se lo da a una vida? ¿Cómo sostenerla sin ello?

                   Panorama de conjunto rupestre de Río Pinturas, provincia de Santa Cruz, Argentina © Marianocecowski.


Fuera
De pagina
 
De izquierda a derecha: Jordi Puntí, Guillem Gisbert, Silvia Sesé, Carlota Gurt, Isabel Obiols, Imma Monsó i Mita Casacuberta, en el cóctel de celebración del 11.º Premi Llibres Anagrama de Novel·la © Marc Llibre Roig

Carlota Gurt, ganadora del 11º Premi Llibres Anagrama de Novel·la

Estamos de celebración. El pasado lunes, Carlota Gurt ganó el 11.º Premi Llibres Anagrama de Novel·la con su nueva obra, Els erms. Escrita con una prosa desenfadada, atravesada por destellos de crítica y humor, la novela celebra el poder de la fabulación como motor no solo del relato, sino también de una alegría salvaje y contagiosa. Els erms llegará a las librerías el 25 de marzo y, en octubre, publicaremos su traducción al

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Els erms - Carlota Gurt - 978-84-339-4928-8 - Editorial Anagrama


La obra de teatro El día del Watusi llega a Madrid
La novela inagotable sobre «los cómos, los porqués, los para qués y los y qués» de la transición española. El día del Watusi, de Francisco Casavella, se representará en los Teatros del Canal, en Madrid, del 4 al 8 de febrero, en una ambiciosa adaptación teatral de más de cuatro horas.

Escrita y dirigida por Iván Morales, la obra cuenta con música en directo y está protagonizada por Guillem Balart, junto a un elenco de siete intérpretes que recorren más de dos décadas de historia personal y colectiva, del final del franquismo a la Barcelona posolímpica.






domingo, 25 de enero de 2026

LA ABSOLUTA CONVICCION DE HABER DECIDIDO ACERTADAMENTE (SERGIO )

Es un hecho que a medida que avanzamos en la vida, nos enfrentamos a diversas situaciones que requieren juicio y comprensión de las consecuencias que nuestras decisiones traen consigo. Equivocarnos al respecto significa no poder dar vuelta a lineamientos que harán de la existencia una locura o un entorno de coherencia y felicidad. Siempre que salgo de la biblioteca EPM de Medellín, donde trabajo habitualmente en mis procesos de creación, entre libros y tertulias constructivas, después de cuatro o cinco horas de lectura, camino mas o menos diez minutos, para llegar al barrio conquistadores, concretamente a la tienda de David. Allí siempre hay excelentes conversaciones en el ámbito más coloquial y cercano sin mayores expectativas que pasar un buen rato. Son charlas espontaneas, pero eso, no las hace aburridas ni menos, banales. Sentado en un muro cualquiera conocí a Sergio, Frank y Juan Carlos, funcionarios públicos. Al oírlos siempre con alusiones sobre lo que pasa en esta país, con mucha ironía y escepticismo, supe que estaba con personas inteligentes. Asumí que la psiquis de estos servidores públicos, estaba cargada de mucha incredulidad y pesimismo al enfrentar a diario verdaderas locuras, corrupción y violencia en un país que se desangra impunemente y donde al final no pasa nada, todo sigue igual a pesar de los muertos.
Hay casualidades que valen la pena. Esta es una de ellas. Quiero escribir sobre Sergio y una decisión que marco su vida. Nació en Santa Rosa de Osos. Está localizado en la subregión norte del departamento de Antioquia.  tiene una extensión de 812 km². Su cabecera municipal está ubicada a 2550 m s. n. m. y dista 74 kilómetros de la ciudad de Medellín. Esta zona es un relevante centro de producción agrícola, ganadera, industrial y energética, además de ser la más poblada y menos extensa del Norte antioqueño.​ Su altura y su temperatura media de 13.3 °C, lo convierten en uno de los municipios más altos y fríos del departamento. En este municipio se crio Sergio. Su entorno fue muy familiar y rodeado no solo de familia católica hasta tuétano, sino en un entorno de compromiso permanente con la iglesia​, que generó en mi amigo siempre la expectativa de entregarle la vida a Dios con todo lo que lo implica, alistarse, iniciar la fase Propedéutica, en este lapso. Se trata de un verdadero y propio tiempo de discernimiento vocacional realizado en el contexto de vida comunitaria y como verdadera iniciación a las etapas sucesivas. Con estos elementos y la ayuda del director de la etapa, de los demás formadores y los agentes de la formación vinculados a este proceso, el seminarista discierne la conveniencia de continuar el camino de la formación sacerdotal o de emprender uno distinto.
Sergio se crio entre misas, rosarios, procesiones, rituales cristianos, tíos curas, todo sumado, le hacía pensar siempre en su vocación, estaba marcado por un especie de huella indeleble que le permitía asegurar su  vida y fe al servicio sin dilaciones del ministerio. Ahora que vive en Medellín con una vida tranquila, ejerciendo su profesión sin mayores problemas,  dedicado por mucho tiempo al mundo de la finanzas y por lo tanto conoce las trampas de un sistema voraz y frio, donde no hay compasión, piensa como llegó a renunciar a una vocación y servicio que parecía no tenia reversa.  
Santa Rosa es un pueblo tranquilo, su familia fue siempre bien alineada y realmente sin ser adinerados nunca les falto nada. El seminario mayor representa para este municipio un símbolo y una marca espiritual que lo enaltece. Por su puesto esto no quiere decir que es tierra de Santos. Allí esta también la huella de una país violento, corrupto, bebedor en exceso y rumbero a morir.  
Decidió en una etapa importante de su vida, en plena juventud, entrar al seminario, parecía la decisión más importante de su vida. La literatura tiene ejemplos de la toma de decisiones que marcan toda una historia y vida. Recuerdo Antígona de Sófocles, donde la protagonista debe elegir entre seguir la ley del rey Creonte o cumplir con su deber familiar al enterrar a su hermano. En el cine recuerdo como Atticus Finch en "Matar a un ruiseñor" o el capitán Miller en "Rescatando al soldado Ryan", se enfrentan a dilemas morales que reflejan decisiones difíciles en el mundo real. No solo frente a hechos trascendentales nos enfrentamos a un problema moral, en ocasiones tienen que ver con todo lo que pasará en la vida en el futuro, como si la definición apuntalara nuestro destino. 
Sergio entró al seminario muy joven, el ciclo le permitiría diferenciar entre devoción y vocación. Allí debería  asentar bases sólidas para la vida espiritual y favorecer el autoconocimiento, en orden a su desarrollo humano y cristiano, basado en procesos perfectamente predeterminados para aceptar o rechazar una vocación. El Seminario es un tiempo y un espacio dedicado a la formación de los futuros sacerdotes, que con la ayuda de la Iglesia en la persona de los formadores, los candidatos al ministerio sacerdotal disciernen su vocación y responden al llamado de Dios. Su arquitectura, su pedagogía, los espacios abiertos, los silencios y rituales responden a la búsqueda de Dios y a una alianza futura con la divinidad. De Aristóteles y un filosofo árabe, trabaje el concepto de la relación del uno y el todo, del ser y la divinidad para los cristianos. La unidad es un concepto fundamental en la filosofía que abarca una amplia gama de significados y aplicaciones en diferentes contextos filosóficos. En su esencia, la unidad se refiere a la cualidad de ser uno, completo o indivisible, y puede aplicarse a diversos aspectos de la realidad, la experiencia humana y el pensamiento filosófico.  Durante el tiempo de seminario, cada uno asume el llamado de Dios, para estar con Él.
Sergio contrario a todas la denuncias que se han producido en los últimos 25 años, sobre pederastia, corrupción y abusos de padres de la iglesia, en su paso por el seminario de Santa Rosa de  Osos, nunca vio algo parecido. Su experiencia no tuvo sobresaltos. Padres y rectores estrictos, disciplina, exceso de ritualidad, buenos y malos compañeros, excelentes profesores de gramática y formación humana excelsa. Cuando pienso en seminarios traigo a colación el palacio escorial construido por Felipe II, cuando se visita, como cuando lo hacemos en Roma y vemos la capilla Sixtina, pensamos de inmediato en la divinidad. La arquitectura parece confirmar su existencia. 
No se a cabalidad cuantos años pasó Sergio en este sitio. Descubrir la diferencia entre devoción y vocación creo que fue fundamental. Al poco tiempo de decidir sobre sí se alistaría. Llegó al seminario un padre, Jesús Armando, que se parecía más al che Guevara, que al propio Pedro, o San Juan el bautista. Con absoluta sabiduría, un noche cualquiera, junto con unos compañeros  se los llevo a la cancha de Futbol, con una de Ron en la mano, unos cuantos tabacos, quería conversar lo que para él, significaba ser sacerdote desde una perspectiva absolutamente humana. La charla se matizo con todo menos con frases persuasivas o ejemplos de vocación, sino más bien desde lo que significa vivir en cristo y asumir un compromiso como el que  iban a tomar. San Agustín en las confesiones escribía: Dios mío, ayúdame a conocerte y a amarte, para que pueda encontrar verdadera felicidad. Temprano, después de libar con el cura, entendió que pese a ser un excelente cristiano, no tenía vocación y que su vida tendría otro destino. Sergio piensa que esta fue una de las mejores decisiones de su vida y elucidaciones. Tomada desde la comprensión existencial  de lo que significa mi vida y el mundo, el entorno y lo que soy, nos dijo algún día.
Después en su propio Bar, en el centro del municipio, se encontró con el cura Armando, que más bien parecía haberse leído a todo Sartre, Camus, la teología de la liberación e incluso al cura Camilo Torres. En Blue Bar, acabó de entender lo que había significado la respuesta de Sergio, de no atender el llamado al sacerdocio. Recuerdo que el filosofo Rumano Cioran decía: "Podemos estar orgullosos de lo que hemos hecho, pero deberíamos estarlo mucho más de lo que no hemos hecho. Ese orgullo está por inventar". No se que significa la felicidad para Sergio, pero estoy absolutamente convencido que no es un hombre infeliz.
  




miércoles, 21 de enero de 2026

QUERIDAS LECTORAS QUERIDOS LECTORES (ANAGRAMA 9 DE ENERO 2026)

 

                        Fotograma de La vida secreta de Walter Mitty (2013) dirigida por Ben Stiller, cuyo protagonista 

                        se embarca en una aventura que lo lleva a comenzar de nuevo su vida.



Uno de los poemas más conocidos de Mary Oliver, «The Journey» [«El viaje»], narra un despertar personal que podría ser tanto el de la autora como el del lector que se encuentra con sus versos por primera vez. El despertar llega como un destello, como un nuevo nacimiento: «y se oyó una voz nueva / que lentamente / reconociste como tuya, / que te hacía compañía / mientras a zancadas / penetrabas cada vez más en el mundo».

Hay pocos poemas que capturen la emoción y la transcendencia de un comienzo como lo hace este de Mary Oliver, pese a que se ha escrito muchísimo, sin parar, sobre los comienzos. Ya lo dijo Heráclito: «El sol es nuevo todos los días». Cada mañana marca el inicio de otra vida.

                                El inicio como estado interior. Sin título, Mark Rothko, 1952-53 © Museo Guggenheim 

                                Bilbao.


Ante la repetición de los días, que son siempre iguales, y de la rutina, que convierte el tiempo en espesor, el psicoanalista Jean-Bertrand Pontalis consideraba fundamental saber cómo emocionarse con aquello que hace las cosas distintas. Cada primer día de regreso al trabajo después de las vacaciones, el profesor lo dedicaba a ocupaciones que podían parecer fútiles: ordenar el escritorio y renovar el vestuario. Era su forma de no sentirse un espíritu indiferente y de acentuar la sensación de existir con la alegría que rebuscaba en los detalles. Es así, pues, recurriendo al poder de las cosas para renovarse, que el psicoanalista, año tras año, repetía el ritual que le hacía sentir que se encontraba, de nuevo, al comienzo de la vida. La clave está en borrar las huellas de la cotidianidad, decía, en hacer que la repetición parezca distinta.

Entre su extensa obra, Pontalis firmó "El amor a los comienzos", donde narra una breve aventura amorosa con estas palabras: «Estos dos jóvenes, que no pueden ser sino extraños el uno para el otro, se confunden por una noche». El milagro de su amor es haberse encontrado y haber borrado los límites entre los dos, aunque sea solo por una noche, pero también es el rastro que ese evento imprimirá en ellos. Pontalis retrata una relación «sin mañana» que nace para ser solo un comienzo.

Los comienzos no tienen por qué ser triunfales, grandilocuentes y excesivos, con sabor de posteridad. Los comienzos pueden tener forma de voz que de repente se reconoce como propia, de ritual que convierte la repetición en un hito o de noche que no va a perdurar. Qué más da. Lo importante es empezar.

Es Claire Marin, la autora que conocimos con el balsámico ensayo Estar en su lugar, quien indaga en las varias formas y sentidos de las primeras veces, partiendo de textos como los de Jean-Bertrand Pontalis, en su nuevo ensayo Los comienzos. «Se dice a veces que las historias se escriben para saber cómo acaban. Tal vez se escriban también para descubrir cómo empiezan», propone la pensadora. El objetivo: crear una filosofía de las primeras veces. La forma: un ensayo que recopila textos breves, destellos fugaces.

¿Cómo reconocer el amago de un comienzo y aprovechar la ocasión? ¿Por qué los comienzos son a veces tan laboriosos? ¿Y esa nostalgia que nos producen, de dónde viene? ¿Qué es lo que esperamos tan febrilmente al comenzar? ¿Vivir un comienzo es empezar de cero? Marin escribe respuestas para todas estas preguntas, pero puede que hoy, justo al inicio de un nuevo año y con él otro ciclo, podamos darles respuesta nosotros mismos. 

PILDORAS

Para este día

Los años nuevos

«Mira que nos han pasado cosas, ¿eh?», le dice Ana a Óscar mientras le coge de la mano. Los protagonistas de Los años nuevos son dos jóvenes que se enamoran al cumplir los treinta. Lo que viene después son diez capítulos que recorren una década y la transformación de su historia: cada episodio representa una Nochevieja distinta, y la última noche se transforma en un nuevo comienzo. Es así como Rodrigo Sorogoyen, el director de la serie, encontró la forma de mostrar el paso del tiempo, el crecimiento personal, el fracaso de las expectativas y la transformación del amor: haciendo de cada capítulo el retrato de un punto de partida. ¿Y si los comienzos sirven también para mostrar todo lo que dejamos atrás?.

                Tráiler de Los años nuevos, dirigida por Rodrigo Sorogoyen, Sandra Romero y David                          Martín de los Santos. 



Los comienzos 

Dorados





Fuera

De Pagina



Leila Guerriero gana el Premio Cálamo Extraordinario 2025.  Empezamos el año celebrando esta gran noticia: la librería Cálamo ha otorgado a Leila Guerriero el Premio Cálamo Extraordinario 2025 al conjunto de su obra.


En palabras del jurado, la autora «sabe ver la vida y sabe contarla. Puede ser una columna, también una exhaustiva crónica (...). Cada una de sus obras, perfectos artilugios literarios, está construida con pasión, sapiencia y curiosidad. Leila Guerriero es una periodista y escritora extraordinaria». 


¡Enhorabuena, Leila!



Raymond Carver,
padre del realismo sucio

En 2026 se cumplen cincuenta años de la publicación original de ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?, de Raymond Carver, el primer libro de relatos del autor. Este mes volverá a las librerías con un nuevo diseño, dentro de la colección Biblioteca Raymond Carver. Para acompañar su publicación, recuperamos esta reseña de Mariano Antolín Rato –autor y traductor de la casa–, que gira tanto en torno a la figura del escritor como a esta colección de cuentos tan especial.




martes, 20 de enero de 2026

LOS ESPACIOS UN BALSAMO ENTRE SOLEDADES Y NOSTALGIAS HERNÁN

 


Conocí a  Hernán entre aquellas rutinas  de la vida llenas de cierta displicencia. La vida en ocasiones  está sometida a vacíos inexplicables que nos conmueven y llenamos con la vuelta a los espacios que de alguna manera tienen un valor existencial para nosotros. Siempre recurrimos a las nostalgias como un recurso. Por gracia de cierto irracionalismo, nunca nos llenan del todo, pero son un consuelo en algunos momentos. Viviendo en Envigado un municipio del área metropolitana de Medellín, Hernán, casi todos los días llega al Barrio conquistadores, muy lejos de donde vive. La soledad es un concepto que puede abordarse desde distintas áreas del conocimiento, a decir: psicología, sociología, antropología, biología, el derecho. Sin embargo mi interés es comenzar por demarcarla específicamente en el terreno filosófico, observando a un hombre recostado en un muro, cerca del parque del rio de la ciudad, mientras fuma en una actitud que me recuerda a muchos pensadores.

Hernán parece un personaje cinematográfico. Carmen Posadas escribió con mucha lucidez: " “A fumar –como a besar– todos hemos aprendido con las películas, porque, mucho antes de estrenarse con un verdadero Lucky Strike a lo James Dean o una Sobrani a lo Audrey Hepburn, ya practicábamos a escondidas y ante el espejo: ‘¿Quieres fuego muñeca?’…”. Y seguía: “Me llamo John Wayne, me llamo James Dean, me llamo Cary Grant o, mejor aún –mi héroe fumador favorito–, me llamo Clint Eastwood y muerdo Mecarillos con las mandíbulas apretadas y los ojos achinados para que no me deslumbre el resplandor del desierto de Arizona… Me llamo Marlene Dietrich, me llamo Ingrid Bergman o, más probablemente, me llamo Lauren Bacall porque nadie ha sabido fumar como ella “the look that smokes” y así quería ser yo de mayor…. Hernán llega a la tienda de David, con tres paquetes de cigarrillos, saluda, compra un lata de gaseosa, se aleja a un garaje y prende el cigarrillo en una actitud meditativa, que me recuerda la  emblemática película Casablanca.

He hablado tres o cuatro veces con mi amigo. Me encontré con un ser pragmático, tranquilo, de conceptos cortos pero certeros. El venir al barrio parece una terapia que lo recarga y le permite sobrevivir a una ciudad, como casi todas ellas,  caótica, pero que al final es nuestra casa.  Hannah Arendt, considera la soledad como un espacio para la reflexión y el dialogo interno, lo que es posibilitante de la construcción de una relación intelectiva pero a su vez intima; Foucault concibe que la soledad puede ser usada como practica disciplinaria, advierte que es posible hacer uso de ella como herramienta de control(como en el aislamiento a una persona), pero a su vez la considera también como un espacio de resistencia a los dispositivos de poder y de posibilidad autodefinición del individuo; por ultimo para Simone Weil la soledad es un espacio vital para la oración y relacionarse con lo divino, es por medio de ella que se logra una pureza de pensamiento y una comunión con lo absoluto. No se, si es un oxímoron, pero la soledad no tiene nada que ver con sentirse sólo. Es un acto meditativo por naturaleza, una búsqueda de sentido en el peor de los casos, una forma de afirmar la existencia. 

Hernán me despertó con su actitud estas reflexiones que no pretenden otra cosa que hacer un reconocimiento. No solo a través  de las palabras aprendemos, también con la contemplación, así sea la de ver un hombre fumando en un muro mientras piensa en silencio, esta figura, me llevo a realizar este escrito. Ya lo dijo Heráclito: «El sol es nuevo todos los días». Cada mañana marca el inicio de otra vida.




 

martes, 13 de enero de 2026

UNA NAVIDAD ENTRE DIALOGOS INIMAGINABLES EN CONQUISTADORES MEDELLÍN

 Mientras el mundo se derrumba, el orden mundial está trastocado; pues al presidente de los Estados Unidos le importó un bledo el concepto de soberanía, el orden mundial y el multilateralismo, invadió sin pedir permiso de su congreso a Venezuela, con la complicidad del cartel de los soles  a quien predicó acabar y paradojicamente hoy es su aliado más firme, sin ningun respeto por el derecho internacional; nuestro presidente sin respeto por las instituciones y la sociedad en general, gobierna desde las redes sociales al país; los candidatos de Colombia a la presidencia se consumen en debates banales; nosotros, los viejos del barrio conquistadores de Medellín, con similar torpeza, pasamos diciembre en diatribas cargadas de sentido comun en la tienda de David, como sí este fuese el ombligo del mundo. 

Esquilo decía que "El viejo se halla siempre a tiempo de aprender"; Ramon y Cajal el gran neurologo español del siglo XIX, estableció que "En la vejez no nos deben preocupar las arrugas del rostro, sino las del cerebro"; Ralph Waldo Emerson afirmó:"Cuando envejecemos, la belleza se convierte en cualidad interior". En esta tienda  enclavada en una especie de sotano, con más de 20 años de construcción, siempre acompañados de algunos vecinos incomodos; bebemos frias, cervezas para decirlo más claro; en un espacio de no más de tres metros; en medio de patinetas, cajas de cerveza; teniendo por mesa un viejo carrete  grande de madera,  una porqueria de verdad; acompañados de algunos servidores públicos, para no decir burocratas; mujeres que manejan el parqueo callejero; atendidos por David e Ingrid, trabajadores incansables; en un mes donde la sociedad de consumo y el cristianismo nos manejan con una voracidad implacable, con obligaciones impuestas por un comercio que solo enaltece a Fenalco, llevamos estos días mentirosos con alguna paz.

Pérez-Reverte reivindica el valor de la experiencia acumulada y la mirada que solo los años pueden otorgar. “El viejo no es contemporáneo, nunca puede serlo. Si un viejo quiere ser contemporáneo, es ridículo o hace el payaso. El viejo lo que tiene es una larga vida, unas lecturas, una experiencia, un conocimiento de las cosas, una lucidez que te dan los años y la vida, una mirada para entendernos".

 Adolfo, Manuel,Pascual, José, Alberto, Hernando, Juan Carlos, Frank, Sergio y el suscrito, en una especie de penitencia, huimos de nuestras rutinas para ser nosotros por algunos minutos, como sí este lugar fuese un paraiso y de verdad que así se convierte; por fortuna nos echan a las 8 Pm en punto, no hay alargue ni tiempo extra por fortuna. 

En la gran obra "El viejo y el mar" de Ernest Hemingway asistimos a una lucha de un viejo pescador, Santiago, quien personifica la resistencia incansable y la dignidad frente a un pez gigantesco, mostrando que la vejez no es sinónimo de derrota, sino de una profunda fortaleza interna y sabiduría acumulada. Gabriel García Marquez es el mas sabio: ""El secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad". La verdad, cada uno de mis amigos guarda una sabiduría, su propia verdad que les ha permitido llegar a estos años con mucha paz y alguna holgura.

Llego enero, volvemos de nuevo a las  esmeradas moradas de la rutina. Cada uno empezará los aburridos que-haceres de ganarse la vida y esperar la muerte convencidos que sí lo hicimos mal o bien, ya no importa, la muerte está a la vuelta de la esquina. 

 

lunes, 5 de enero de 2026

FERNANDO CHULAK: "LE ESCAPO A LOS LÍMITES ENTRE EL BIEN Y EL MAL EN LA LITERATURA"

 


Fernando Chulak nació en Buenos Aires, Argentina, en 1980. Ha publicado relatos en las antologías: Germen (Alto pogo, 2015), 7 tragos (Textos intrusos, 2015), 8cho y och8 (Arset ediciones, 2014), Ante el fin del mundo (Universidad Nacional de Lanús, 2012), El puente secreto, (Universidad Nacional de Lanús, 2012), La ficción es puro cuento (elaleph, 2012), Nuevos narradores, Antología de jóvenes escritores (Clásica y moderna, 2010, 2008 y 2006), Exquisito cadáver: La muerte, de 2008, (Arset Ediciones, 2008). 

En 2015 publicó la novela Jauría.

Recibió la Primera Mención en el concurso del Fondo Nacional de las Artes (2014), fue finalista del Premio Itaú en 2011 y en 2012, y del Manuel Mujica Láinez 2012, entre otros.

Esta entrevista apareció en la revista "Colofón", realizada por Marvel Aguilera. Su novela negra Jauría, de mucho éxito trabaja lo marginal y la tercerización de la violencia en un pueblo llamado Villa Epecuén.  dibujo de María Lublin. CESAR HERNANDO BUSTAMANTE.


 Los clubes siguen siendo el sostén de identificación de los barrios. Oxigenan el panorama visual, conectan, remedan el fervor de la disociación que produce lo virtual. Allí, en el Juventud de Belgrano, entre Virrey Avilés y Conde, funciona el encuentro pactado con Fernando Chulak. La entrada presume el convite, y los golpes de pelota de voley rebotando contra el piso plastificado hacen creer posible el ingreso. Pero el cierre del buffet nos hace, finalmente, trasladarnos a una cervecería cercana. Él se muestra abierto aunque aclara no estar acostumbrado a dar notas. Cada tanto, mira su celular, está atento al diálogo con su pareja que transita sus últimos meses de embarazo. Habla de los años que pasó trabajando su texto, de cómo los personajes fueron apareciendo, concatenándose, dándole forma final a una historia que, paradójicamente, parece un punto de partida de algo mayor.


Jauría (Aquilina – Negro Absoluto) es su primera novela. Un relato que amalgama muchas de las características del género negro en pos de una historia de misterio y sordidez que, por muchos momentos, incomoda. Sergio, su protagonista, es un tipo solitario, tosco y poco idealista de Villa Epecuén que hereda un criadero de dogos de un extraño y sombrío personaje, quien ha hecho las veces de padre y maestro de vida. Desde hace más de un año, a pedido de un mafioso local, Sergio guarda ahí, a modo de rehén, a un tal Fonseca. Un hombre serio, culto y sistematizado que mira la televisión, toma mate por las tardes y repite el mismo ritual de escritura día tras día: un enigmático episodio relacionado a la muerte de su padre. En ese mundo concentrado y a la vista previsible, donde los silencios se traducen a pesar de las palabras, Sergio irá desentrañando los secretos detrás del cautivo, los que le permitirán resignificar su propia condición, dejar atrás la permisividad y amainar las cadenas de su propia opresión. Las mismas que cuidan de los perros, que esperan; expectantes, hambrientos de voracidad y violencia, dispuestos a sembrar de instinto un pueblo falto de reacción, desolado, casi muerto.


Jauría parece una novela de espera, en ese sentido ¿puede pensarse a los personajes como sujetos que buscan desentrañar la esencia de su identidad?


En el caso de Sergio, tiene que continuar. Él no decide mucho. Es un personaje que claramente no sabe hacer otra cosa. Se cree bueno en lo que hace, pero es lo único que sabe hacer, no le da para algo más. Eso se ve en la forma de comunicarse con el otro personaje, es un tipo limitado. La novela va un poco por ahí: qué capacidad tiene cada uno de los personajes de elegir lo que le toca. Porque el otro personaje también, está encerrado en una escena que repite día y noche, todo el tiempo. Ahí aparece la pregunta de nuevo: ¿Cuánto de eso elige y cuánto está condenado a vivir una y otra vez? Creo que las identidades, en parte, les vienen casi predefinidas a ellos y luchan contra eso, o las aceptan.


Y eso funciona como una metáfora de la retención de los perros.


Exacto, sí. No quería que fuera una alegoría demasiado obvia, pero no por eso le escapé. Claramente Sergio actúa a través de los perros en todo sentido: toda su violencia, todo lo que él es capaz lo pone por medio de los perros, y eso es lo que lo frustra respecto del otro personaje. Él no puede hacerle sentir a Fonseca lo que le pasa con los perros. Ahí se ve a las claras su limitación, no sabe transmitirle la importancia que tienen los perros, como sujeto, para él.


¿Por qué la elección de Villa Epecuén como el escenario central del relato?


En realidad a Villa Epecuén la tomo desde bastante antes de Jauría. Es un lugar que conocí personalmente y me importó mucho. Está absolutamente bajo el agua, pero no llega a ser un pueblo fantasma. Primero porque hay una persona que vive ahí, un tal Pablo Novak. Y además porque tiene una laguna de fondo, donde habitan flamencos rosados. Con lo cual, es una ruina, como la de Pompeya en Italia, que es la muerte total, pero con la vida que traen los flamencos. Es curioso, pero cuando a los habitantes los evacuaron, ellos creyeron que iban en algún momento a volver. Eso motivó a que dejaran todos sus objetos cotidianos a la vista. Villa Epecuén es un lugar cargado de salitre, de total aridez, de invisibilidad, pero con la vida ahí, latente. La primera vez que lo visité, hace unos diez años, me fui con la sensación de que con un lugar así se puede narrar una historia, al estilo de crónica sobre lo que pasó o armar una suerte de distopía, pensando que si hubiera habido un dique de contención sería hoy distinto. Eso te permite tener una serie de historias que en algún punto son tuyas. Vos estás armando el lugar a tu gusto, no te tenés que ceñir a lo que realmente pasó. Luego, seguí escribiendo sobre el lugar, cuentos, y, es más, ahora trabajo otra novela ahí. La conozco tanto que sé perfectamente dónde está cada cosa. Sé que en la Avenida San Martin, cuando entrás, tenés una YPF y hay una rotonda, pero no sé ni me interesa si es así en la Villa Epecuén real. En la mía es así.


Existe un asomo de la distopía constante en la novela, y eso se puede ver en el tramo final donde Sergio recorre el pueblo viendo todas las persianas bajas y al chino del supermercado subido arriba del local con una escopeta en la mano.


Es una imagen del fin del mundo, al menos si el mundo fuera sólo Epecuén. En Jauría lo es.


Hay una escena muy inflexiva de Jauría cuando Palau, el dueño del criadero, le dice a Sergio que hay dos clases de personas: las que están dispuestas a matar y las que ponen un criadero. Bajo esa concepción, ¿Sergio proyecta en los perros lo que él no está dispuesto a enfrentar?


Es uno de los gérmenes de la novela. El cuento original parte de un personaje cuya frustración tenía que ver con que los perros estaban puestos como un elemento funcional a lo que quería el criador y el apostador. A través del perro los personajes se animan a hacer lo que no pueden desde sí mismos: matan mediante los perros. Es una violencia tercerizada.  Y es uno de los elementos que más me interesaba. El que no se anima ni quiere mancharse con sangre, lo hace a través del perro.


Esta idea de que la violencia humana se media a través de los perros, hace pensar que la barbarie nunca se civilizó, sólo se revistió de otra cosa.


Sí, ahí está la tercerización de la violencia. Y no es excluyente de la violencia, todo esta tercerizado: la producción de alimentos, de bienes de consumo, lo que fuera. Todo, y uno no quiere saber la historia que hay detrás, tan solo recibir aquello por lo que uno disfruta, sea la violencia – que es también un divertimento – o el bien de consumo. Siempre hay una vía por la que te llega y uno terceriza a través de eso. En este caso con la violencia.


Es interesante cuando Sergio le comenta a Fonseca que los perros que están hambrientos o tiene poca actividad empiezan a morderse entre ellos, funciona como una gran analogía del enfrentamiento social entre una misma clase a expensas de un poder externo.


En algún punto lo que no sacás para afuera, te mata por dentro. Y aparece otra vez uno de los temas de la novela, el encierro. Y hablo de encierro en todo sentido: de los perros, de Fonseca, de Sergio; está todo contenido todo el tiempo.


También Epecuén parece, al fin de cuentas, una gran jaula.


Totalmente, al menos en esta novela. No es que necesariamente el lugar sea así, es un lugar conectado con otros pueblos. No está en el medio de la nada. Pero en Jauría está puesto al servicio de esa idea.


¿Cuál es el punto de partida que te permitió ir construyendo la idea de Jauría?


De cómo surge la idea al resultado final hay una deformación por completo. La idea inicial sale de un artículo que leo en un diario español. Cuando jamás en mi vida leí diarios españoles, y menos impresos, ni siquiera online. Ahí me encuentro con una carta de lectores, y un tipo que defendía la tauromaquia y daba argumentos a su favor. Obviamente, a mí me parece una animalada, un espanto. Pero quería saber qué argumentos él daba a favor, más allá de la idea trillada de “lo cultural”, que no termina explicando nada. En cambio, que él buscara salir a argumentar con algo sólido me resultó interesante. Los argumentos no eran la gran cosa, hablaba entre otras cuestiones de las contradicciones de los que critican, como, por ejemplo, los que lo señalan y son carnívoros. Argumentos endebles. Pero a partir de allí me resultó interesante la idea de narrar desde un personaje al que le pareciera correcto o, mejor dicho, que naturalizara por completo usar a un perro para matar o morir. En cambio, con el otro personaje, Fonseca, en un principio lo tenía en la cabeza. Que fuera alguien que escribiera todos los días el mismo texto: letra por letra y palabra por palabra, idéntico. Y tenía que encontrar un motivo lo suficientemente fuerte que justificara eso.


¿Por qué poner en foco esa idea de escribir todos los días lo mismo?


En algún punto es lo que nos pasa a todos los que escribimos. Vas dibujando la historia, la modificás, pero en cierta forma es siempre la misma. Al menos a mí me pasa, para no generalizar. De ahi la repetición. Este mecanismo de leer lo que escribiste el día anterior, al próximo volver a leerlo y que te parezca una porquería. Reescribirlo. Esa repetición constante la llevé al absurdo en el personaje. Pero, a su vez, la diferencia es que no sabes cuánto de esta historia el tipo la está pensando, ¿uno es capaz de pensar tantas veces lo mismo? Que el mismo proceso mental te lleve a las mismas palabras, a la misma coma. Ahí está el absurdo. Cualquiera que escriba literatura, poesía, periodismo, sabe que es imposible.


Da la impresión de que entre Sergio y Fonseca los roles de amo y esclavo terminan desdibujándose, ¿qué buscabas mostrar de eso?


No pretendo meterme en la dialéctica del amo y el esclavo porque me excede. Pero está claro que hay una complementariedad, que uno no existe sin el otro. Por otra parte, además de las relaciones de poder entre estos personajes, hay un punto al que se llega después de cuatrocientos trece días que es el de la convivencia. Cada uno se trata de cuidar mediante el otro, hasta hay cierto respeto. Por más que Sergio actúe a partir de las órdenes que le da Nelson – donde ahí si hay una relación de poder – ya que Sergio solamente acata, entre Fonseca y Sergio no. Conviven y se respetan. Es que en algún punto lo que busca Sergio es la comodidad. Solo quiere su pago periódico. Y la forma más fácil de conseguirlo es no cuestionar.


Los dos protagonistas parecen estar en una pelea contra el tiempo.


Una vez que Sergio sabe la verdad de Fonseca sí. Antes no. Quiere que todo se extienda lo necesario. No le preocupa nada por fuera del circuito que armó. No tiene necesidad de amigos, tampoco de mujeres. Ni lo afectivo ni lo sexual. El querer ganar tiempo tiene que ver con que Sergio no sabe qué hacer, no es capaz de manejarse solo, repite ritos, como el de bautizar a los perros. No tiene una finalidad al hacer las cosas. Todo está en el poco guion que él tiene en la cabeza.


¿Qué tiene Jauría de novela negra y en qué se diferencia del género?


Claramente no es una novela de género. Es cierto que tiene elementos de la novela negra: gira en torno a lo criminal y también a lo marginal, que es la palabra que mejor le cabe. Pero no hay un misterio o un crimen que averiguar, en todo caso el misterio está atrás, en la historia de cada uno. En ese sentido, no sigue los lineamientos clásicos de un policial. Pero, a su vez, el crimen está todo el tiempo presente. No están marcados los límites entre el bien y el mal. Es algo que a mí me molesta de cierta literatura, esa división entre el bien y el mal. Le escapo a eso. Por eso elijo este tipo de personajes que están tan al borde.


Si uno se pone a pensar, todos los personajes están implicados en un negocio turbio.


Los cuatro personajes lo están, pero ninguno lo asume como tal. Esa es la diferencia. Ninguno lo pone como algo poco ético. Es parte de lo que les tocó o lo que eligieron, es decir, lo que hay que hacer. Ahí es donde hay un acercamiento al género. Por otra parte, creo que toda la colección de Negro Absoluto juega con esto. Hay novelas mucho más cercanas al género clásico y otras no necesariamente. La novela es un negro deformado.


Te escuché en una nota radial hablar del laburo que hiciste sobre la novela en un taller autogestivo, ¿cómo fue esa experiencia?


Al principio hacíamos un taller con Juan Martini. Él después por motivos de salud dejó de darlo. Y quedamos solos con el grupo. Un grupo que era muy unido, de amigos, con ciertos códigos de lectura asumidos. Sabíamos cuáles eran las intenciones de cada uno al escribir, con lo cual uno aprende a criticar, para orientarlo, en función de lo que el otro busca. Nos pareció que era una cagada perder esa dinámica. Ahí es donde nos planteamos seguir nosotros. En un primer momento las reglas se fueron repitiendo tal cual venían trabajándose en el taller anterior. Después se fue deformando y aparecieron reglas propias. Y así funcionó cerca de dos años. Por eso le digo autogestivo. Todas las características de un taller convencional pero sin un tallerista que oficia de maestro.


¿Y qué diferencias encontrás entre un taller dictado por un maestro y el autogestivo?


Todo depende de quién es el maestro. En este caso Juan me enseñó muchísimo. Me enseñó a leer por sobre todo. Tengo un gran respeto por él. Estuve en su taller cerca de tres años. Pero a veces tenés que pasar a nuevas etapas con los talleres, porque ya sabes más o menos por dónde puede venir el comentario. La diferencia entre una cosa y otra viene más que nada por el otro lado, que todos pasamos a ser talleristas y dejamos de ser solo alumnos.


Te escuché decir que tenés que estar muy convencido de ser escritor para dedicarle tanto tiempo al oficio, entre tantas obligaciones que rodean habitualmente a las personas. ¿A qué te referías?


No sé si de ser escritor, más que nada de escribir. Cuando te sentás a escribir no te pones a pensar en querer ser escritor, escribís. Más cuando empezás. Tal vez al principio lo pensás pero porque no tenés la más remota idea de lo que significa serlo. Seguís una idea romántica del escritor. Después te das cuenta de las dificultades, y que te cagas de hambre para vivir de la escritura. Cuando era chico, cerca de los quince años, admiraba a Stephen King. Pensaba en qué groso sería ser como él. Ni siquiera sé si lo leía. Pero te hacías toda una película respecto de ese estereotipo. Lo que tenés que estar convencido es de escribir. Si vas a la facultad, laburás, tenés una familia, todo te ocupa tiempo. Entonces, para dedicarle tus horas a una práctica de la que ni siquiera sabes si va a terminar siendo tu oficio o profesión, tenés que estar convencido.


¿Cuando terminaste de escribir Jauría tenías la sensación de que iba a transformarse en tu primer libro publicado?


No lo tenía claro. Para el que nunca publicó, la entrada al primer libro es un quilombo. Hay gente que se maneja mejor que yo, que sabe hacer sociales. Yo no lo sé. Tampoco soy muy sociable. Me cuestan las lecturas y los encuentros. Voy cuando me invitan o cuando está algún amigo, el resto del tiempo soy un ermitaño. Entonces no sabés, te preguntás adónde podés mandar la novela si no es un concurso. Y en el concurso se presentan seis mil y gana una, que si es la mejor o no ya es otra discusión. Pero no podés quedar a merced de eso. Ese cascarón lo tenés que romper de alguna manera. Yo sabía que quería publicar, y lo hice a una edad relativamente grande, a mis treinta y ocho, siendo que escribo desde los quince años. Tardé si uno lo compara, aunque no hubiera necesidad de hacerlo. Pero si bien siempre estuvo el deseo, recién ahora sentí que estaba para publicar. Mi primera reacción fue la de mandar mails a lo bobo. Fue una estupidez. Sabés que no te van a responder. Un amigo de una editorial independiente me dijo una vez que en el staff son dos o tres a lo sumo, y que les llegan cerca de cien novelas. Es lógico que pase. No da el tiempo. Después fui pensando un poco más en frío, sobre el lugar donde veía mejor a la novela.  Y de una forma u otra terminé encontrando a Aquilina, en Negro Absoluto. Sentí que era la editorial que iba con el perfil de Jauría, que era justo para ella.



 



 


miércoles, 24 de diciembre de 2025

QUERIDAS LECTORAS QUERIDOS LECTORESW (ANAGRAMA 19 DE DICIEMBRE 2025)

 


El año llega a su fin y, para despedirnos, hemos querido recuperar un texto sobre la importancia del lenguaje y la comunicación, los temas en torno a los cuales gira Las gratitudes, de Delphine de Vigan, una novela que ha regresado con fuerza gracias al boca a oreja y al entusiasmo de los lectores más jóvenes.

Quizá algunos de vosotros –los que nos seguís en esta newsletter desde hace más de dos años– ya lo habéis leído, pero como nuestra comunidad ha crecido tanto en este tiempo, nos ha apetecido recuperar este texto y darle una segunda vida, añadiendo también algunas píldoras de actualidad.

Y qué mejor ocasión que un cierre de año para agradeceros que nos leáis, semana a semana. ¡Gracias!

En la entrevista que Laura Fernández hizo a Karl Ove Knausgård, el autor noruego afirmaba: «Cuando observamos algo, confirmamos un modelo del mundo que hemos prefijado y ajustamos [la novedad observada] a él. El mundo es algo que se aprende». Necesitamos nombrar las cosas para entenderlas. De ahí que más tarde asegure que los libros que más le influenciaron en su adolescencia fueron aquellos en los que está presente la idea de la palabra como creadora de realidades.



Yoko Tawada, autora japonesa afincada en Alemania desde 1982, juega con esta idea, entre muchas otras, en El emisario, novela merecedora del National Book Award 2018. En ella, la autora plantea un futuro apocalíptico en el que ha sucedido una catástrofe medioambiental y el país ha quedado aislado del resto del mundo. Además del aislamiento físico que sufren los personajes, hay otro tipo de constricción que esconde todavía muchas más sombras: el tiempo de vida de las palabras se ha ido acortando inexorablemente, haciendo que el lenguaje quede reducido (por un lado por razones políticas –las palabras extranjeras han sido prohibidas– y, por otro, por la adaptación de ellas al nuevo medio –algunos vocablos quedan obsoletos, sin que haya otros que los sustituyan–).

¿Qué pasa con los significantes cuando las palabras desaparecen? Así lo plantea Tawada: «¿Podía seguir existiendo una pieza de ropa a pesar de que la palabra que la designaba hubiera desaparecido? ¿Se transformaba esta junto con su nombre? ¿O bien caía en el olvido?».

La pérdida de las palabras y la reducción del lenguaje constituían también el tema central de Las gratitudes, de Delphine de Vigan. En esta bella novela, la autora francesa relataba la historia de Michka, una anciana que se va apagando a medida que avanza su afasia, un trastorno del lenguaje que se origina por un daño cerebral en las áreas responsables de la producción del habla.

¿Qué pasa, entonces, cuando empezamos a perder las palabras?




A través de la experimentación lingüística (De Vigan tuvo que inventar el habla de Michka, componiendo destellos poéticos a partir de los lapsus linguae de su protagonista y dando al error un significado más fuerte que la palabra misma, como explica en esta entrevista), la autora quiere hacernos valorar la importancia de cada término, para así revelar hasta qué punto usamos el lenguaje de una forma automática. Como dice uno de los personajes del libro, «Hay que luchar. Palabra a palabra. Sin concesiones. No hay que ceder. Ni una sílaba, ni una consonante. Sin el lenguaje, ¿qué nos queda?»

Por su parte, en Austral, de Carlos Fonseca, el olvido, la memoria y el duelo se conjugan en un puzle literario que pretende poner en cuestión el concepto de «historia», quién la cuenta y cómo podrían relatarla aquellos que perdieron la voz. En ella encontramos a varios personajes que metabolizan la pérdida del lenguaje: Aliza Abravanel, por ejemplo, una escritora que, como Michka de Las gratitudes, padece de afasia; o Juvenal Suárez, el último hablante de la lengua indígena de la tribu de los Nataibo. Dos personajes obligados a vivir un idioma privado.



Carlos Fonseca explicaba en esta entrevista que le hicimos en su visita a Barcelona en 2022: «La literatura siempre ocurre donde el lenguaje se encuentra con sus límites. Eso es precisamente lo que encontramos en el caso de estos dos personajes, que se ponen en el límite donde el lenguaje arriesga a desaparecer y muestra la posibilidad de construir la literatura y construir comunidades desde allí».

Estas tres novelas, desde lugares muy diversos, convergen en la relevancia de las palabras, la importancia de la comunicación y del intercambio cultural. Al fin y al cabo, como aseguraba Hernán Díaz, autor de Fortuna, en la entrevista que hizo Elena Hevia, «No hay un afuera del lenguaje. No existe esa posibilidad para los humanos».

PILDORAS
Para estar al día

Exofonía: escribir en otros idiomas
La exofonía es la práctica de escribir en un idioma que no es la lengua materna. En algunos casos se puede hacer con un idioma adquirido desde la infancia, como le pasó a Vladimir Nabokov, que abandonó el ruso cuando emigró a Estados Unidos y se dedicó a escribir en el inglés que había aprendido de pequeño. En otros casos, se trata de usar lenguas adoptadas en la edad adulta: Agota Kristof, por ejemplo, cambió su húngaro natal por el francés cuando emigró a Suiza a los veintiún años.

En cambio, Yoko Tawada usa la exofonía de una manera muy particular: escribe tanto en japonés como en alemán para «desmantelar el concepto nacionalista de un idioma japonés “hermoso”», desligando de esta manera la lengua de una identidad nacional.

Si queréis profundizar en otros casos particulares de exofonía, no dejéis de leer este artículo que publicó Matías Bauso en Jot Down.

                 Yoko Tawada © Elena Giannoulis.


Érik Bullot: cine y lenguaje
Érik Bullot es un cineasta y teórico francés que ha realizado, a través de sus piezas fílmicas, múltiples investigaciones sobre el lenguaje. Como se explica en una publicación que le dedicó la revista Shangrila, «Érik Bullot hace filmes mudos sonoros, en los que somos sordos y vemos el sonido y se desata la lluvia de la glosolalia, sin otro exorcismo que la fascinación por la palabra como si fuera una nube o un rabo o una piedra, por la imagen como si fuera un trazo, una caligrafía universal que refunda la Torre de Babel». En el documental La revolución del lenguaje, por ejemplo, abordaba las consecuencias que había tenido sobre la población turca la imposición de un alfabeto latino en 1928, preguntándose sobre el lugar de la palabra en los procesos de memoria colectiva.



                                    Tráiler de Langue des oiseaux, de Érik Bullot (2022).


El vonlenska de Sigur Rós

El vonlenska o, en su traducción al inglés, hopelandic (de hope, «esperanza», y Icelandic, «islandés») es un idioma inventado por los componentes del grupo islandés de rock experimental Sigur Rós. Se trata de una jerigonza, una variante lúdica del habla en que se intercalan sílabas en medio de una palabra: «Una forma de voz incoherente que se adapta a la música y actúa como un instrumento más», como declaran. No se puede considerar una lengua, pues carece de estructura gramatical, palabras o significantes: se asemejaría a lo que en el jazz se llamó scat, la improvisación vocal de sílabas y palabras sin sentido.


Os dejamos con el vídeo de su interpretación en la BBC en 2007 de «Untitled #3 – Samskeyiti», uno de los temas que forman el álbum (), cantado íntegramente en vonlenska.



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Espíritu de divulgación, por Kiko Amat

«En el mundo en el que vivimos, en el plano real, la gente dice una cosa y piensa otra, y a menudo es completamente imposible discernir la veracidad de sus palabras.» 

Ya podéis leer el primer artículo de la nueva columna de Kiko Amat en Fuera de página: una pieza sobre qué implica vivir con una incapacidad casi neurológica para ocultar la verdad. Esperamos que lo disfrutéis tanto como nosotros.



Espíritu de divulgación - Editorial Anagrama




Un avance de 2026

Antes  de despedirnos hasta el año que viene, os invitamos a asomaros a las novedades que a    abrirán los dos primeros meses de 2026. Entre ellas encontraréis las novelas de Julian Julian Barnes, Emmanuel Carrère, Claudia Durastanti, Esther García Llovet, Pol W Guasch, Alan Hollinghurst, Claudio Magris, Patricio Pron y Yoko Tawada; así como los cuentos de Soledad Puértolas; la obra reunida de Jane Bowles; los ensayos de Roger Bartra, Michel Faber, Hélène Giannecchini, Nick Hornby, Claire Marin, Óscar Martínez, César Rendueles, Joan Subirats y Brigitte Vasallo; la crónica de Leila Guerriero; y los libros de poesía de Jorie Graham y Raúl Quinto. 

Os deseamos buenas fiestas y un inicio de año lleno de grandes lecturas. ¡Nos vemos en 2026!


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